Jul 24

El ciclista colombiano que tuvo de gregario a Chris Froome

El viento soplaba sin tanta prisa. El sol salía y se posaba sobre 15 ciclistas que, ensimismados, no paraban de pedalear. Transcurría la cuarta etapa de la Vuelta a Colombia 2009, entre Madrid e Ibagué. La carretera se ponía rápida y los corredores encima de sus bicicletas parecían esquivar obstáculos para llegar a la meta. De un momento a otro el panorama no era el mismo, por lo menos para él. Su visión quedó oscura. Sin respuesta alguna.

Abrió sus ojos, luego de volar por el aire, como un ave que no sabe a dónde dirigirse, y le costaba pararse del cemento. Tenía fracturas y desgarros en la cadera, cóccix y el ano tras el choque con otro competidor. El sprint final de 15 kilómetros por poco lo arroja a la muerte. Se salvó por cosas de Dios o la vida.  Por amor al deporte.

Atravesó la meta y rompió la barrera de lo imposible. Norberto Wilches, hijo del recordado corredor Pablo Wilches, era quinto en la general y su cuerpo desbastado vio cómo las ilusiones se esfumaban. Su alma endemoniada no entendía qué sucedía, sus piernas no respondían. El dolor físico no paraba. Verse lejos de pelear la carrera colombiana le quemó por completo las entrañas.

No fue el mismo. Logró huirle a la muerte y renacer. Fue operado y pasó seis meses en cama. Las noches eran interminables, casi incontables para intentar volver. Recostado en su cuarto se preguntaba por qué vivía todo esto, por qué en el momento en el que parecía que todo sería bueno.

El llanto no apareció en su rostro porque la frustración ensombreció aquella sonrisa que supo llegar a Europa y continuar la dinastía Wilches en el deporte pedal.

El renacer de Norberto Wilches

Norberto, nueve años después de este suceso, luce tranquilo, vestido de ciclista, como el que nunca ha dejado de ser, con escapularios en su mano izquierda. En Facatativá estuvo por mucho tiempo hasta regresar a Europa y Asia para competir. En Colombia, su país, le cerraron las puertas. Otros lo dieron por muerto mientras él superaba los fantasmas que le susurraban al oído que nunca volvería a montar bicicleta.

Pero en el infierno de las dudas encontró un ángel, Ángela Muñoz, su fisioterapeuta en la recuperación y el amor de su vida hasta el día de hoy. Ella lo impulsó a ver a la cicla como una compañera, a demostrar que su carrera no había terminado. Perdió la cabeza por ella y le entregó su corazón. El amor lo abrazó y le mostró un nuevo camino, uno sin espinas y días grises.

“No podría describir todo lo que sentí. Sé que Ángela y mi familia me ayudaron a salir adelante. Sin ellos hubiera abandonado todo”, confiesa Norberto a KienyKe.com, que a sus 34 años habla con tranquilidad del pasado. Es un hombre nuevo.

Cuatro años le costaron volver a correr. Y cómo no sentirse orgulloso cuando prácticamente tuvo que aprender a caminar. Se sostenía de las paredes y se desplazaba con pasos cortos. A unos metros estaba su bicicleta, aquella que nunca lo dejó solo, ni cuando él decía no aguantar más sufrimiento.

Muchos podrán preguntarse quién era Norberto y por qué se dice que un accidente truncó su carrera. Cinco meses antes de llegar al país a competir en la Vuelta a Colombia 2009, el colombiano era el líder de escaladores del equipo sudafricano Konica Minolta, escuadra en la que debutaba uno de sus gregarios y que en la actualidad es el mejor ciclista del mundo: Chris Froome. 

“Froome me daba carimañolas (tarros de agua) porque yo era el líder montaña. Ahora veo todo lo que ha ganado y pensar que todo pudo ser diferente duele. Pero no puedo hacer nada”.

 

Esa es una de las razones por las que el deportista lamentó que equipos de su propio país le negaran la oportunidad de continuar una carrera que aún tenía mucho que ofrecer. Y de nuevo una puerta se le abrió.

La escuadra italiana Meridiana lo fichó y de inmediato Norberto salió de su casa en Faca con dos maletas para llegar a territorio europeo. Lo esperaba una nueva vida lejos de las pesadillas y el calvario.

En 2013 corrió por las rutas europeas y asiáticas. Era rentable porque en países como China podía recibir hasta 5.000 dólares por ganar una etapa. Su misión era encontrar un sustento económico y aprender a conformar un equipo élite de ciclistas. Quería tener su propia escuadra y para eso debía aprender.

Fue hasta 2016 que inició el Team Wilches para perseguir sus sueños. Aprendió lo suficiente de la familia Giallorenzo, los italianos que lo acogieron para darle un giro a su carrera, y los empresarios asiáticos que le enseñaron cómo innovar empresarialmente.

El destino lo ha ubicado en paradas difíciles de salir y Norberto ha devorado los obstáculos como lo hace con las montañas al momento de escalar en bicicleta. Sufrió y siguió adelante. Darse por vencido hubiera sido lo más fácil. Sin embargo, su espíritu guerrero lo tiene de nuevo en las competencias más importantes del ciclismo colombiano.

Betplay compró al pedalista los derechos de equipo para competir en la Vuelta Antioquia, Vuelta a Colombia y Clásico RCN. Ahora el atleta ve con sus ojos bien abiertos la chance de cumplir aquel sueño que se nubló una mañana del 2009.

Entrena desde muy temprano y con ansias quiere verse en las competencias nacionales de primer nivel. Es menudito, como los ciclistas escaladores, que no suelen superar el 1.75 metros de altura, y a pesar de tener 34 años se ve sobrio, seguro y con mucha ambición. El accidente que por poco le quita la vida ahora solo es un episodio del pasado.

“No sé hasta cuándo vaya correr. Y no espero que me digan si estoy viejo a los 40 y sigo en las competencias. Lo único que espero es llevar al equipo a las citas más importantes de Europa. No importa si es en rol de corredor, director o lo que sea”.

 

Wilches un día vio de frente la muerte y sintió que no podría salir del abismo nunca más. Dio vuelta la página y se preparó para continuar su carrera a pesar de las negativas. Los días eternos de frustración ahora son de esperanza, de lograr lo que su apellido le exige: ganar y mantener el legado de su familia como uno de los más importantes en la historia del ciclismo colombiano.

Por: Ricardo Moreno